En palabras de Eduardo Lago, esta novela póstuma «se construye como una constelación de textos de toda índole. Cartas, diarios, fotos, documentos notariales, expedientes celosamente guardados en archivos secretos. El mundo entre los anaqueles de una biblioteca familiar. En Las aguas de la noche, además de las historias personales de los personajes, hay constantes alusiones al ámbito de la literatura, el cine, el arte, la música, la arquitectura, la ingeniería, la minería. El relato avanza inexorablemente, como un río que se va ramificando de manera incesante, hasta llegar al delta en el que se deshace, sumergiéndose en el mar de todas las historias posibles, el lugar nutricio del que emergen. Es esta imagen, la del delta fluvial, la que mejor refleja el misterio liminar del proyecto inacabado de Guirao. Es este el sentido en que el relato nos ofrece el mejor de los regalos, el de poder asomarnos a los pliegues más recónditos de la sensibilidad de su creador. No leemos
este libro tanto para saber qué pasa en él, aunque nos dejemos llevar siempre con agrado por los múltiples vericuetos por los que transita la historia, como para ver lo que hay al otro lado de la página, más allá de lo que dibujan las palabras, y lo que hay es la textura del alma de quien dio forma a este relato arborescente, mostrándonos lo que la muerte nos impidió ver en su forma final».